Por:
Joseph Henry VOGEL, PhD
Director de la Unidad de Investigación
Departamento de Economía, Universidad de Puerto Rico
A quien le puede interesar:
Durante el año pasado, La Embajada Brasileña y diversos representantes de la
comunidad científica Ecuatoriana me han auspiciado para compartir mis ideas
sobre la economía de la biodiversidad en diversos foros (en el foro del
Hotel Suizo en mayo de 2004; en la FLACSO, enero de 2005). Debido a que mis
ideas respecto al tema no son generalmente bienvenidas, al menos espero que
mi análisis sea persuasivo para aquellos autodenominados como imparciales.
Hay algunos temas sobresalientes cuando hablamos de la economía de la
biodiversidad y su aplicación a áreas protegidas. Por ejemplo, en el caso de
YASUNI, podemos aseverar que su valor económico es inconmesurable.
Inesperadamente, eso no significa que no puedan cobrar cuotas por los usos
sostenibles de ésta zona. Este planteamiento pudiera parecer contradictorio,
pero ante la reflexión, tiene mucho sentido. Actualmente existen muchos
espacios vacíos en nuestro conocimiento científico sobre las relaciones
ecológicas entre las especies y así, no se sabe cuántas se extinguirán si se
abre la reserva de YASUNI para la explotación de crudo y la fragmentación
subsecuente. Sin embargo, contamos con un buen entendimiento sobre los
valores sutentables múltiples que son generados por los bosques tropicales.
Desafortunadamente, dichos valores generados no son cobrados y, aún peor,
son aprovechados en el extranjero. El reto del gobierno debe ser la
internalización de las externalidades, o sea, cobrar por servicios
ambientales - tales como efectos meteorólogicos, paisaje para el ecoturismo,
el acceso a material genético, así como el puro valor de existencia. Dicha
estrategia podría crear intereses económicos en el desarrollo sostenible que
lucharía en la arena política donde otros campañan para una explotación
repentina de los recursos y una colonización desordenada.
A través de varias publicaciones durante los pasados 15 años, he sugerido
políticas públicas por las cuales, países como el Ecuador, pueden hacer la
conservación atractiva desde el punto de vista financiero. El Cartel de
Biodiversidad (CARE, 2000) se constituyó sobre mi obra previa Genes for Sale
(Oxford, 1994) y formó la base teórica para El Grupo de los Países
Megadiversos Afines, los cuáles conforman un régimen multilateral para el
acceso a los recursos genéticos y la distribución de los beneficios. Un
documento que plantea aspectos de interés inmediato es No mas carreteras:
Una Política Práctica para Aliviar la Pérdida de Biodiversidad en la
Amazonía (UNESCO, 1998). En este contexto, Ecuador puede promover la venta
del valor de existencia de la biodiversidad a cambio de no abrir nuevas
carreteras. No me cabe duda que alguno de los países industrializados
compraría la servidumbre. Los fondos recaudados no deben dedicarse a
proyectos de biodiversidad, sino a la Hacienda, donde podrían ser asignados
donde el rendimiento social sea más grande. De esta manera, la apertura de
proyectos en áreas como YASUNI, arriesga los valores incomensurables de la
biodiversidad mientras que prescinde oportunidades financieras muy
signficantes.
El primero de febrero de 2005
San Juan, Puerto Rico
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